Jesús Hernández-Güero: Comunicación y ficción. Rumor y difusión informativa ("bola cubana") desde la fición televisiva de Cuba.

Por: Héctor Antón Castillo / Cuba

 

 

La Joven Estampa es un evento auspiciado por la Casa de las Américas que tiene como objetivo primordial asegurar el presente y futuro del grabado en América Latina y el Caribe. Este año la lista de participantes se amplió a más de ciento treinta artistas de quince países. Su carácter competitivo facilita el aliciente del reto: Nada mejor que sentir el anhelo de pulsear y vencer en una lid donde las figuras jóvenes consiguen imponer su talento. Sin que mediara una lección de chovinismo a ultranza, el Gran Premio en la versión del 2007 recayó en un creador de la Isla. Dicho galardón le fue concedido a Octavio Irving Hernández (Cuba, 1978) por un tríptico de la Serie Persistencia de las formas (2006).

 

Una vez más, se propiciaron muestras colaterales encargadas a los triunfadores en ediciones pasadas. Tal fue el caso de Jesús Hernández-Güero (Cuba, 1983), ganador del certamen en el 2003. Éste aprovechó la oportunidad que le brindó la prestigiosa institución cultural para intervenir una de sus áreas no disponibles en materia expositiva. Su finalidad consistía en armar un telediario donde lo obvio y lo contradictorio asumen un papel de mediadores entre el tedio condicionado de la recepción televisiva y el impacto noticioso de la obra. Por otra parte, la inserción de la propuesta en la curaduría de esta novena versión de La Joven Estampa derrochaba organicidad. No olvidemos una correspondencia de rigor: El grabado es un original seriado tanto como la información termina siendo un original infinitamente repetido.

 

"Recortes de la realidad informativa" (2007) es un entramado de ficciones periodísticas sin alterar el diseño habitual que impera en la prensa televisiva consumida a diario en la Isla. Valiéndose de un equipo de reporteros profesionales, el artista apeló al recurso de la encuesta para sacar a la luz opiniones acerca de temas tan dispares como el "terrorismo azaroso", el "corta-caras" que un día irrumpió en las calles de La Habana, o las polémicas que generaron la aparición televisiva de funcionarios culturales activos durante el revisitado "Quinquenio Gris". Sin embargo, la intención de Jesús Hernández-Güero estriba en gestar una saga informativa empeñada en llenar el vacío noticioso de temas que no reciben cobertura periodística en un medio tan absorbente como la televisión.

 

Así, logramos enterarnos de muchas cosas. Por ejemplo, que "el mito del corta-caras parecía tener el don de la ubicuidad", o que "todo no era más que una estrategia para desviar la atención hacia otros problemas". Aquí, el rumor prefabricado cede ante la especulación ordinaria y algún observador podría deducir que "total, nunca se sabe dónde comienza la verdad o termina la mentira". El final épico del corta-caras residió en la intensa labor de la Policía Nacional Revolucionaria por devolverle la seguridad a la población de la capital. Solo bastó conocer que el psicópata invisible había sido arrestado para obviar el peligro de agresiones semejantes. Como dice el refrán popular: "Muerto el perro, se acabó la rabia".

 

Pero no siempre los testimonios de estos "Recortes de la realidad informativa" provienen de quienes intuyen los conflictos sociales sin llegar a racionalizarlos. A veces son los mismos protagonistas quienes contribuyen a disipar o incentivar las dudas. De esta forma, vemos a Luis Pavón Tamayo afirmando que no consigue distinguir ese período de su gestión cultural que ahora se nombra "El pavonato". A pesar de su avanzada edad, el autor del poemario "El tiempo y sus banderas desplegadas" conserva memoria para recordar que sólo se trataba de "quitar obstáculos al desarrollo del arte". Cuando alguien reconoce sin arrepentirse: "Sí, soy culpable", la confesión se vuelve tan sonoramente desgarradora que cualquier desliz resultaría perdonable. Este recorte dedicado a un tema de actualidad marca un contrapunto entre los incómodos "ajustes de cuentas" del presente y la levedad del pasado en el imaginario de un hombre que responde pausado ante una cámara sin verla.

 

Hay que contagiarse de una tolerancia sin aires revisionistas, capaz de apoyar la premisa socialista defendida por el artista cubano Lázaro Saavedra: "No educamos escondiendo errores". Eso parecen sugerir las encuestas donde confluyen el silencio de la elocuencia y el bullicio de los criterios infundados. Entre el acceso a la información y su carencia, está el asombro del escritor Antón Arrufat cuando exclama sin levantarse del sillón: "¿Cómo enterarnos?" La preocupación de Arrufat evoca un sarcasmo de su maestro en "el arte de la curiosidad" Virgilio Piñera: "Los chismes son más instructivos que la historia almacenada en tomos".

 

Si a los humano-pensantes les sobra inventiva para crear su verdad ¿Qué sentido tendría atormentarse con la fuente de donde procede la información a la cual deseamos otorgarle credibilidad? Por mucha cuota de verdad o mentira que logremos extraer de estos "Recortes de la realidad informativa" nada impedirá gozar "a lo cubano" tanto el engaño rotundo como la sinuosa veracidad.

 

En cuanto al azote virtual de las paperas, el espectador se percata de una evidencia: No importa que la enfermedad haya sido traída de un país hermano o sea producto de la guerra bacteriológica del enemigo. Lo que realmente trasciende la opinión pública oculta o revelada es que el brote de la epidemia logró ser controlado por las autoridades sanitarias. La moraleja del asunto es bien sencilla: Las garantías sociales inherentes a la tranquilidad ciudadana relegan a un plano secundario el rumor o la cháchara doméstica.

 

Jesús Hernández-Güero se esmera por darle a "la bola cubana" el cuerpo que debió tener este fenómeno comunicativo y nunca tuvo, para ser neutralizado de inmediato por el trabajo de seguimiento de un reportero profesional. Más cerca de lo simbólicamente verdadero que de lo históricamente exacto, se aprecia un constante intercambio de ficción y realidad. Hay momentos en que el artista convierte a viejos seres olvidados en nuevos arquetipos. Asimismo, incluye en renovadas tramas novelescas a Mario Conde, Diego Paz, Alberto Marqués y Fernando Terry asumiendo esas otras palabras que faltan. Después de escuchar sus testimonios, de nada sirve saber quién está hablando en realidad dentro o fuera del libro.

 

Entre las palabras que faltan y las palabras que sobran, los recortes apuestan por una visualidad interior enmarcada en el nivel de la conciencia humana. Al construir la situación informativa, se persigue articular un secreto a voces: Hay tantas certezas como puntos de vista. En definitiva, todo lo que pasa por el filtro de la subjetividad deviene una ilusión de fidelidad al acontecimiento real. Sin vaciar de contenido ideológico la función de los medios de difusión masiva, el artista insiste en inmunizarnos contra el vicio de exigirle una eticidad suprema a una realidad manipulable; Esa circunstancia de la cual formamos parte como sujetos dispuestos a prolongar la cadena de omitir o revelar.

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